11 países de Europa, 11 lugares para ir a comer o chupar antes de morirse.

Está lleno de listados. “Los 10 helados más ricos de”, “los 5 hoteles más lujosos de”, “los 7 mercados navideños de”… así que, ¿por qué no tener mi propio listado?

Un listado que incluya comida y viajes. Ese listado que repetiría una y otra vez. Bueno, si estás pensando en recorrer Europa, una, dos o más ciudades tengo una buena noticia. Esta lista de ciudades va a satisfacer esa necesidad imperiosa por ir a un lugar y comer o chupar de puta madre.

Ésta es la posta. Información para tirar manteca al techo.

Por orden alfabético decidí nombrar uno (y sólo uno) de los posibles destinos que recomendaría por cada país. Si bien en algunos países sería prudente visitar más de una ciudad, y a su vez, recomendar más de un lugar, preferí recomendar sólo uno, como si fuese tu última visita. Esos que me dejaron algo.

Y acá te cuento porqué.

Comer en Alemania: Monsieur Vuong, Berlín

No hay con qué darle. El alemán es cosmopolita. Aufvidensen (si lo pronuncian parecería que dice “olvídensen”) de la gastronomía típica alemana. Sí, comí salchicha con chucrut, salchicha con puré, ensalada de papas, codillo de cerdo, sí… comí todo eso. Pero fui, volví y volveré una y mil veces a este restaurante vietnamita en el centro de Berlín. Quizás sea la mezcla de sensaciones y experiencias junto a los precios bajos y la excelente onda del lugar, o quizás porque fue el lugar que todos deberíamos conocer en Berlín. El mejor o no para las guías, nunca falla. Éste boliche también comparte el primer puesto con un lugar, que es más un concepto que lugar, porque la comida es mala, pero el concepto es excelente. Se llama Wenerei Forum, y es una vinería donde uno paga lo que cree que vale todo lo que degustó. O sea, no te cobran, vos pagás a ojo. Es interesante, pero no se come bien (la comida que ofrecen es muy básica) y se hizo tan turístico que cuesta encontrar lugar para sentarse.

Comer en Austria: Figlmüller, VienaSinceramente no sabemos mucho de milanesas. Te lo digo con una mano en el corazón y con una lágrima cayendo a la par que vuelvo a ver la foto de la milanesa que te sirven en Figlmüller. Me habían recomendado de todos lados que vaya a comer acá y como buen desconfiado entré pensando “seguro que es muy turístico y bla bla bla y milanesa como la de mi vieja no hay” hasta que me sirvieron un plato volador con la milanga más rica que probé en mi vida. Definitivamente cada vez que vuelva a Viena voy a pasar por este lugar a comerme una milanesa porque es algo que no se puede dejar de disfrutar. (igual les dejo el dato que comí también una milanesa así en Khar Khar un poco más barata y casi tan buena como ésta)

Tomar cerveza en Bélgica: Delirium Café, Bruselas

 Este post se originó por un comentario que recibí en Twitter donde me compartían una foto del bar Delirium. Vengo recomendando este bar como el mejor bar europeo para tomar cerveza que conocí. Sé que para muchos no será el mejor. Pero para mí lo es. ¿Por qué ese autoritarismo? Porque después de recorrer ciudades y ciudades por países donde la gente come a las ocho, ponele ocho y media, y se van a dormir, llegás a Bruselas (la llamada “capital de Europa”) con la idea de comer a las 6 de la tarde porque los belgas son como franceses pero muy boludos, desconfiando que puedas llegar a disfrutar de algo durante la noche, y encontrás este bar, y son las 4 de la mañana, tenés un pedo para los 300 de Sparta, y el bar sigue en pie, lleno de gente, que brinda y chupa y sigue intentando olvidar, o recordar con una sonrisa momentos tristes, y te das cuenta de nuevo del lugar en el que estás, la ciudad aburrida y prolija que, al parecer, nunca duerme. Eso te suma mucho, pero si encima le agregás más de 25 grifos con cervezas tiradas de microcervecerías belgas, se convierte en algo increíble. Por lejos, una experiencia para vivir.

Comer en Eslovaquia: Bratislavský Meštiansky Pivovar, Bratislava.Mirá que comí todo tipo de goulash pero el de carne eslovaco que probé en esta cervecería me volvió loco. A veces creo que nací en el país equivocado. Si viajan a Bratislava no pueden dejar de comer en este lugar, que está estratégicamente ubicado como para llegar de la estación de trenes caminando y parar para probar tanto la comida como sus cervezas. Como todo en esta ciudad es realmente barato y tienen un plus, la sopa de ajo en pan. Por Dios qué rica que esa sopa. Hay un antes y un después de esa sopa. Háganme caso y vayan. Se van a enamorar de lo bien que se come. 

Desayunar en España: Pinoxto, Barcelona

Gracias a las redes sociales le pregunté a un amigo qué lugares recorrer de Barcelona y me dijo: “vos hablá con un catalán que conozco y él te va a recomendar”. En ese momento pensás que te están pateando la responsabilidad y andá a saber qué me iba a recomendar el español este. Resulta que su única recomendación fue “pues tienes que ir a coger unos garbanzos en el desayuno de pinocho”. Resulta que pinocho (en catalán, Pinotxo) es un chiringuito dentro del mercado La Boquería. Juanito, el viejo galán que seguramente haya conquistado a Mirtha Legrand (porque es más viejo que la humedad) está parado de punta en blanco, con su chaleco, y te ofrece comer rico. Me senté y fui directo al grano: “jo’er que me pones unos garbanzos, tío, con un café con leche”, porque si hay algo que aprendí es a intentar disimular mi argentinidad que me cuesta un 15% más en los precios al pedir la cuenta. Y el tipo me puso los mejores garbanzos que comí en mi vida en un plato junto a un café con leche, maridaje del cual me le reiría en la cara a un batallón de sommeliers que me vendrían a hablar de vinos, como si maridar no fuese contraer matrimonio entre un momento y un sabor, un instante y un aroma, fotografiando las sensaciones con las papilas gustativas. Mi consejo es que intentes no morirte sin haber desayunado ahí.

Comer en Francia: L’As du Falafel, París

Las cosas como son: la verdad es que mucho no me la banco a Narda. Pero tengo que reconocerle algo: éste lugar lo conocí por recomendación de Lepes. Y gracias Narda porque tenías razón, es un must de París. Y acá me estoy jugando la carta que muchos van a usar en mi contra porque recomiendo un lugar no autóctono de una ciudad que ofrece mucho. Pero la posta es que me rompió la cabeza la onda, la comida, la locura de la gente, la situación previa de que me aborden unos sefaradíes diciendo que el lugar que buscaba era el de ellos, un boliche muy parecido, como si fuese un mercado marroquí y los tipos fueran a vivir el resto del mes con tu dinero. Llegás, ves a toda la gente parada en la callecita medio cortada medio peatonal del barrio Le Marais (por excelencia moda, gay y tendencias), el bullicio que no te deja entender qué pasa, y un local donde meten a 2 personas por centímetro cuadrado. Es un VERDADERO QUILOMBO. Pero fue la experiencia más parecida a comer rico y desesperado que viví en Europa. Sé que voy a volver. El falafel al plato me espera.

Desayunar en Holanda: Bakken met Passie, Ámsterdam

En Ámsterdam si no te gusta la falopa y no te interesa la prostitución bizarra, mucho para hacer no tenés. Imaginate que mi pasión es la panadería y la pastelería. Salvo un gesto erótico con una baguette o el polvo blanco de la mesada para estirar una masa, mucha onda no le meto. Entonces recorriendo la ciudad comiendo “regular”, quizás algo original como un arenque en pan de pancho, pero nada muy loco que digamos, encontré esta confitería. Es parecida a una confitería de la porteñas, con panadería y pastelería y lugares para sentarte. Empecé a ver los productos y notaba una prolijidad excesiva, una presentación que me dejó pasmado. Bueno, quiero esto, esto y esto otro, con el dedo, señalando, porque si hay algo que no te entiendo y mucho menos hablo, es el holandés. Con elegir a ojo alcanzaba. Empecé probando una tarta, después un pan de brioche, después un pan con chocolate, y me di cuenta mientras leía un cartel porqué estaba sintiendo un orgasmo. Habían sacado el 2do puesto de todo el continente. Y yo ahí, comiendo como si tuviese paladar suficiente para entender lo rico, lo delicado, lo profesional que estaban dándome de comer. Me fui de Ámsterdam pensando que la mejor droga es una buena pastelería. Como ésta.

Comer en Hungría: Hungarikum Bisztró y Kisharang Étkezde, Budapest 

En este caso pongo dos lugares porque la verdad es que ambos me enamoraron. En principio el bistró húngaro es un gran lugar para conocer la gastronomía local pero con presentaciones más prolijas y atención super amigable. Acá comí la memorable trenza de solomillo envuelta en panceta que fue apoteótica. El único problema del lugar es que siempre está lleno y a la noche, sin reservas, te deja afuera cualquier día de la semana. Detalle: tienen una tablet con los platos y sus fotos así elegís la comida de forma más fácil ya que el idioma es un tanto complejo.

Por otro lado, a pasos de este boliche, está el pequeño restaurantecito con apenas 8 mesas llamado Kisharang. Estética similar pero más rústico, atención simple, pero con platos tan pero tan ricos que, por ejemplo, gracias a su sopa de pollo, me trasladé 30 años al pasado cuando tomaba la misma sopa que hacía mi vieja o mi abuela. Gastronomía tan casera que la señora que está cocinando te infunde ese respeto por los ingredientes mientras prepara los platos más ricos de la cocina húngara, sin percatarse en el detalle de que casi te regala la comida porque por algo más de 12 o 14€ come una pareja con bebida y todo un día por la noche. La cocina cierra temprano.

Comer en Italia: Dino Express, Roma 

Italia es como Argentina. O más bien Argentina es como Italia. O bueno, son parecidos. Habrá, ¿cuántas? ¿10.000 parrillas? Digo, ponele que en Buenos Aires tengamos diez mil lugares para comer carne en toda la provincia, ¿más?, ¿y en cuáles comés una buena carne? ¿en los que te sirven cubierto y tenedor? ¿o en los que gracias a Dios no te contagian tétanos? La realidad es que, más allá de las muy buenas parrillas profesionales, es muy fácil comer bien en una parrilla de barrio de años y años de profesión. Lo mismo pasa en Italia. Mirá que te recorrí bastante, y conocí excelentes lugares para comer. Pero lo que me llena es la actitud. Y Dino no es más que un cuadrado del tamaño del living de mi casa, con muebles viejos, de los cuales uno está lleno de pan, y si no tienen tiempo de servirte la panera te dicen: “prendi, dai, prendi il pane, bambino” y vas y te parás y agarrás el pan, porque el tano te cocina como si estuvieses en su casa. Es que, en realidad, estás en la casa del chabón. La familia está en la cocina, y la libreta está escrita en un anotador cuadriculado berreta con los platos del día. Entre dos y tres primeros platos, entre dos y tres segundos, algún postre perdido por ahí. Nada de carta. ¿Querés comer comida italiana? Venís acá, entrás, te quitás los miedos, y dejás que ELLOS te digan QUÉ es lo que vas a comer. Les llegás a decir “Disculpame pero no quiero la carne así”, y te van a putear hasta el mundial de fútbol de Rusia. Y lo vas a tener merecido. Porque si entrás a este lugar, tenés que estar abierto a pasar un momento que no te lo vas a olvidar jamás. Haceme caso y hacete un rato para ser feliz como se es en Italia.

Comer en Reino Unido: The Borough Market, Londres

En Gran Bretaña se come como el ojete a menos que seas Jamie Oliver o Jamiroquai y te sobre la plata. Pero no desesperés. No todo es malo en la vida. Podés ir a los mercados. Ahora, de los mercados, tachá los más conocidos. Andá a los que no te nombra nadie. ¿Portobello? ¿Candem? Dejame de joder. Ahí va la gilada. El que leyó Trip Advisor y cree que Fuerza Bruta es más interesante que el Teatro Colón. Hacete un espacio en tu recorrido por la ciudad y venite al mercado Borough. Desde cajones para hacer tus propios hongos, grandes paellas con curries o hamburguesas de canguro, ñandú, cocodrilo o lo que se te ocurra que podés llegar a comer, quesos, más quesos, fiambres, clases de cocina, sánguches, pizza, un puesto de cervezas de todo el mundo, ¿qué más podés pedir para ser feliz? Si la parca me alcanza, que me encuentre acá, comiendo una hamburguesa de canguro bien grasosa mientras tomo una Porter con Chocolate del pico y todo me chupa un huevo.

Tomar cerveza en República Checa: Zly Cazy, Praga
Praga. Uno de los lugares en los que, con la cara de imbécil y el acento a turista que tengo, comí siempre bien. Pero estamos en la República Checa, y lo importante es la cerveza. Gracias al filósofo cervecero conocí este lugar, al que volví a ir un par de veces, y al que voy a ir cada vez que visite Praga. No está muy cerca del centro, pero en media hora llegás caminando. Porque si dependés de entender el transporte público acá, es mejor ir con el GPS a pata. La puerta del lugar te hace dudar de que la dirección sea la correcta. Un cartel en checo que dice “aquí le vamos a quitar los riñones y los vamos a vender por una Play Station 3“, o lo que supongo que debe decir, te guía por una escalera a un subsuelo oscuro. Si tenés suerte hay uno o dos borrachos tomando birra. Si no vas con un checo, cagaste. Decí que Max es un argentino que vive ahí hace años y nos hacía de traductor. La cosa es que este bar es el bar de cervezas artesanales más PRO que conozco. Carece de onda, carece de carta (sólo tienen uno o dos platos de comida y ni se te ocurra pedirles que cambien algo), carece de luz, carece de todo. Pero a su vez tiene todo lo que necesitás. Más de 15 grifos de cervezas tiradas de cervecerías checas que son conocidas para el dueño del bar, Max, los parientes de los que hacen cervezas, y algún loco que se los cruzó. TODAS y CADA UNA de las cervezas que probé me parecieron magníficas. Todas distintas. Diferentes. Especiales. Y, a medida que va pasando el alcohol sobre las venas, empezás a entenderte mejor con el checo, con los borrachos del tablón, con la ciudad, con Europa…
… y si, en una de esas, tenés suerte de salir y que te agarre la luz blanca del día con los copos de nieve en la cara, sintiendo que te podés morir tranquilo por haber visitado todos estos lugares… quizás sientas miedo, porque habiendo llegado hasta acá, ¿quién va a querer morirse sin volver a ser feliz de nuevo?…
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One thought on “11 países de Europa, 11 lugares para ir a comer o chupar antes de morirse.

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