Almacén CT&Cia – Paraíso a un paso de La Ciudad de la Furia

Un día mi mujer me dice “Se casa Cora (una amiga de ella, no la mamá Cora de Esperando la Carroza) en San Antonio de Areco y obviamente mi primer reacción fue pensar adónde íbamos a ir a comer. Porque con la barra y el morfi de la fiesta no alcanza… vio?
El tema es que tiré la onda en mi página de Facebook y apareció una amiga del mundo del vino en un mensaje recomendándome un boliche solitario en un pueblito de apenas 300 habitantes.
Soy como beetlejuice, decís bodegón-bodegón-bodegón o pulpería-pulpería-pulpería y aparezco con el repasador en el cuello de la remera, los cubiertos y la cara de loco con hambre.
Cuestión que llegó el día y decidimos tomar la ruta en dirección al oeste de la Provincia de Buenos Aires. Ruta 7, un par de peajes después, llegás a San Andrés de Giles, ahí te desviás unos kilómetros por una ruta medio golpeada por las faltas de inversiones hasta llegar a, ¿un pueblo?… Llegás Azcuénaga. Una cuadra con la historia de Buenos Aires detenida en el tiempo.
Para alguien que vive en una ciudad con una densidad de 16.447 habitantes por kilómetro cuadrado, llegar a un lugar que tiene sólo 300 personas, es como convertirse en budista, al menos, por un día.
Cinco cuadras a lo largo, una estación de tren abandonada gracias a la década de los 90’s, algún que otro caballo dando vueltas por ahí, perros, muchos, que te miran moviendo la cola esperando ese gesto de cariño de la gente que viene atosigada de angustia, dolor y bronca de la ciudad capital, porque bien saben ellos que uno se aleja de las masas y necesita ese contacto con la tierra, y el amor al animal.
Entrás y la calidez te abraza, como cuando se hacía domingo en otoño y te esperaban los ñoquis de tu vieja mientras sonaba de fondo la tele con el TC2000 o algún noticiero. Nada de comer en Cardales, Luján o Campana. Acá te sentís como en casa.
Resulta que este Olimpo de fideos, carnes y guisos nació hace ya muchísimos años y ahora es el resultado de un ideal del pasado, un esfuerzo del presente y un deseo del futuro. Grupo grande de hermanos que se ocupan de llevar adelante el proyecto paterno de darle cariño con comida a la gente.
¿La carta? Los platos de la vieja. La madre hacía tuco con hongos en casa, listo, el tuco lleva los hongos de pino oscuros. Un hongo de más en un plato y que te lo pinche el que está al lado puede desatar una guerra mundial. Se sabe.
Si tengo que recomendarte algo, más allá de que todo lo que comí me encantó, es ir por los raviolones de verdura, el matambrito de cerdo y el flan con dulce de leche de campo. Por ejemplo, con eso, y un vinito, comen dos y piden una camilla para que los lleven de nuevo a casa, recostados, haciendo la digestión.
Ni hablar si te pedís la napolitana que viene con huevo frito arriba. Pero para colmo de males, no te la sirven en bandeja, sino en una cazuela de barro, porque es imposible que no se chorree el exceso de salsa, queso, y amor.
El precio de la cuenta te sorprende, porque vale la pena el viaje, la nafta, los peajes que, sumados al costo del cubierto, te termina saliendo más barato que comer en Palermo. Sin trapitos que exijan colaboración. Sin caos.
De paso, salís a tomar aire, caminás por el pueblo, te ponés en contacto con el pasto, el oxígeno, y por un rato, sin darte cuenta, te alejaste de la ciudad de la furia…
“Buenos Aires se ve tan susceptible… ese destino de furia es lo en sus caras persiste…”

Almacén CT&cia

Av. Pedro Terren S/N

B6721ACA Azcuénaga

Buenos Aires

 

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